Hace casi veinte años, cuando fundé lo que hoy es Empresas DBS, no tenía un plan de negocios perfecto ni un capital semilla generoso. Tenía una convicción y la disciplina que me dejó haber sido tenista de alto rendimiento: entender que cada punto se juega uno a la vez, que las derrotas enseñan más que las victorias fáciles, y que no existe atajo para la constancia. Esa lección es la que sigo aplicando hoy al liderar una compañía que pasó de una peluquería a un grupo con presencia en Chile y en Perú.
Por eso, cuando escucho hablar del “ecosistema de emprendimiento e innovación”, muchas veces siento que se habla de él como un mecanismo de relojería: fondos, aceleradoras, subsidios, rondas de inversión. Todo eso importa. Pero el verdadero ecosistema no se arma con dinero disponible, sino con personas dispuestas a acompañar a quien recién empieza. Un ecosistema sano se mide por cuántas puertas se abren, no solo por cuántos cheques se firman.
En Chile y en Latinoamérica en general tenemos un problema de origen: nuestra cultura empresarial todavía castiga el fracaso más de lo que premia el intento. Un emprendedor que quiebra en Silicon Valley suma experiencia a su currículum; uno que quiebra en nuestra región muchas veces queda marcado, y le cuesta años recuperar la confianza del sistema financiero y de sus propios pares. Si de verdad queremos un ecosistema de innovación robusto, el primer cambio no es regulatorio ni financiero: es cultural.
Lo segundo que me ha enseñado construir Empresas DBS es que la innovación real casi nunca ocurre en el vacío de un laboratorio de ideas. Ocurre en el contacto directo con el cliente, en la tienda, en el detalle que nadie más vio. Cuando hablamos de innovación en retail, en belleza o en cualquier industria, muchas veces se piensa primero en tecnología o digitalización. Y sí, eso es indispensable hoy. Pero la tecnología sin propósito es solo ruido. La innovación que perdura es la que resuelve un problema humano concreto, y eso se aprende escuchando de cerca a quién compra, a quién vende y a quién trabaja contigo todos los días.
He conversado con decenas de mujeres que lideran proyectos propios, y el patrón se repite: talento y ambición sobran, pero el acceso a redes de mentoría, a capital y a visibilidad sigue siendo más
difícil de conseguir. Por eso creo en construir puentes reales: espacios donde una emprendedora pueda encontrarse con quien ya recorrió ese camino y le tienda la mano sin pedir nada a cambio. Por eso destino tiempo, cada vez que puedo, a acompañar a quienes se acercan buscando un consejo.
Otro punto clave es la mirada regional. Con Empresas DBS construimos primero una base sólida en Chile, y solo después dimos el salto a Perú, con la vista puesta en otros mercados. Fue el camino que nos tocó recorrer, pero si hoy tuviera que aconsejar a un emprendedor que recién comienza, le diría que piense en la región desde el primer día, no como una meta lejana para cuando el negocio esté “maduro”. El mercado chileno es pequeño y muchas veces saturado, y diseñar un proyecto con mirada regional desde el origen —en el producto, en la marca, en la forma de operar— da una ventaja competitiva que después es mucho más difícil de construir sobre la marcha.
Finalmente, quiero volver a algo que repito seguido a quienes emprenden, nunca dejen de soñar, pero acompañen ese sueño con trabajo silencioso y sostenido. Y también con las personas correctas, como yo que cuento con un tremendo equipo detrás. El ecosistema de innovación que necesitamos no se construye solo con más capital de riesgo o más políticas públicas; se construye con empresarios dispuestos a compartir lo aprendido, con instituciones que toleren el error como parte del proceso, y con una comunidad que entienda que apoyar a quien empieza hoy es invertir en la economía, la cultura y la sociedad del mañana.
Ese es, a fin de cuentas, el verdadero motor de cualquier ecosistema: no la infraestructura que lo rodea, sino la voluntad genuina de las personas que lo habitan para sostenerse mutuamente.